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Publicat el 16 de Desembre de 2013 a La Vanguardia – VIVIR

Hace unos días leíamos una noticia protagonizada por una carismática periodista de televisión y una fiesta maratoniana que, antes incluso de su celebración, prendió la mecha de una gran polémica. Publicadi el 16 de Diciembre de 2013 en La Vanguardia – VIVIR

Hace unos días leíamos una noticia protagonizada por una carismática periodista de televisión y una fiesta maratoniana que, antes incluso de su celebración, prendió la mecha de una gran polémica. La historia viene de antiguo y no vamos a insistir en ella. El asunto, eso sí, nos parece un buen pretexto para hacer algunas consideraciones generales sobre el presente estado de la cultura y sobre el sentido actual de la palabra creatividad, convertida en un concepto comodín del que últimamente se echa mano con demasiada ligereza. Es preocupante que la cultura se parezca cada día más a esa otra cosa llamada tendencia. La tendencia es transitoria y se inscribe en un escaparate heterogéneo y en permanente renovación. Entendidas de este modo, las propuestas culturales deben desprenderse de su contexto original y presentarse como algo aislado, autoexplicable y, sobre todo, fácilmente comprensible. Para usar un término de nuestros días, la cultura se convierte, por la lógica de la tendencia, en una sucesión de pop-ups. Y, como dice el célebre eslogan de unas patatas fritas, “cuando haces pop ya no hay stop”. Explicada así, la cultura es sólo un incesante parpadeo fluorescente, una cadena de tuits, de hashtags; la cultura se convierte, podría decirse, en una nueva acepción de aquello que Joan de Sagarra llamó “la cultureta”.

En el contexto de esta cultura en diminutivo el contenido se ve desplazado por la urgencia comunicativa, y el experto o especialista se sustituye, muy a menudo, por un prescriptor al que apenas se le exigen credenciales. El criterio de selección de las propuestas que forman parte de esta cultura exprés (las más nuevas, las más llamativas, las más provocadoras…) sacrifica sus aspectos importantes y, casi siempre, banaliza el sentido y las intenciones del autor. Por otro lado, no es menos cierto que, muchas veces, ese mismo criterio sirve para seleccionar creaciones que ya eran banales de buen principio. Y ya que hablamos de creaciones… ¿qué significa creatividad? La definición en el diccionario es precisa: “Facultad de crear; capacidad de creación”. Nada más. Ser creativo significa crear algo. Puede hacerse bien o mal, con imaginación o sin ella, con buenos o malos resultados, etcétera. En materia de diseño una buena creación es aquella que permite resolver un problema de forma satisfactoria, con facilidad y con los mínimos recursos. Podríamos decir que el valor añadido de un buen diseño no reside en la creación en sí sino en su capacidad de establecer un vínculo con el usuario e intervenir en su realidad. Nos parece que, de algún modo, esto también es válido para el resto de las llamadas “profesiones creativas”.

Un buen creador, sea de la disciplina que sea, es aquel capaz de comprender y gestionar una realidad compleja para, a continuación, generar un contenido y un sentido compartido; algo que, casi con toda seguridad, quedará desvirtuado dentro del “formato catálogo” que es propio de la nueva cultureta.La historia viene de antiguo y no vamos a insistir en ella. El asunto, eso sí, nos parece un buen pretexto para hacer algunas consideraciones generales sobre el presente estado de la cultura y sobre el sentido actual de la palabra creatividad, convertida en un concepto comodín del que últimamente se echa mano con demasiada ligereza. Es preocupante que la cultura se parezca cada día más a esa otra cosa llamada tendencia. La tendencia es transitoria y se inscribe en un escaparate heterogéneo y en permanente renovación. Entendidas de este modo, las propuestas culturales deben desprenderse de su contexto original y presentarse como algo aislado, autoexplicable y, sobre todo, fácilmente comprensible. Para usar un término de nuestros días, la cultura se convierte, por la lógica de la tendencia, en una sucesión de pop-ups. Y, como dice el célebre eslogan de unas patatas fritas, “cuando haces pop ya no hay stop”. Explicada así, la cultura es sólo un incesante parpadeo fluorescente, una cadena de tuits, de hashtags; la cultura se convierte, podría decirse, en una nueva acepción de aquello que Joan de Sagarra llamó “la cultureta”.

En el contexto de esta cultura en diminutivo el contenido se ve desplazado por la urgencia comunicativa, y el experto o especialista se sustituye, muy a menudo, por un prescriptor al que apenas se le exigen credenciales. El criterio de selección de las propuestas que forman parte de esta cultura exprés (las más nuevas, las más llamativas, las más provocadoras…) sacrifica sus aspectos importantes y, casi siempre, banaliza el sentido y las intenciones del autor. Por otro lado, no es menos cierto que, muchas veces, ese mismo criterio sirve para seleccionar creaciones que ya eran banales de buen principio. Y ya que hablamos de creaciones… ¿qué significa creatividad? La definición en el diccionario es precisa: “Facultad de crear; capacidad de creación”. Nada más. Ser creativo significa crear algo. Puede hacerse bien o mal, con imaginación o sin ella, con buenos o malos resultados, etcétera. En materia de diseño una buena creación es aquella que permite resolver un problema de forma satisfactoria, con facilidad y con los mínimos recursos. Podríamos decir que el valor añadido de un buen diseño no reside en la creación en sí sino en su capacidad de establecer un vínculo con el usuario e intervenir en su realidad. Nos parece que, de algún modo, esto también es válido para el resto de las llamadas “profesiones creativas”.

Un buen creador, sea de la disciplina que sea, es aquel capaz de comprender y gestionar una realidad compleja para, a continuación, generar un contenido y un sentido compartido; algo que, casi con toda seguridad, quedará desvirtuado dentro del “formato catálogo” que es propio de la nueva cultureta.