El caso del Plan Cerdà | Fernando de TeránEl caso del Plan Cerdà | Fernando de Terán - arqxarq
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Publicat el 28 de març de 2014 a El País

La hermosura y el interés de Barcelona son bien conocidos en todo el mundo, entre otras razones por su alta calidad urbanística, debida en buena medida, a que una gran parte de la ciudad se desarrolló ordenadamente, de acuerdo con un grandioso Plan de Ensanche. Publicado el 28 de marzo de 2014 en El País

La hermosura y el interés de Barcelona son bien conocidos en todo el mundo, entre otras razones por su alta calidad urbanística, debida en buena medida, a que una gran parte de la ciudad se desarrolló ordenadamente, de acuerdo con un grandioso Plan de Ensanche. Este la proporcionó su conocida, atractiva y peculiar configuración, con sus grandes manzanas cuadradas de esquinas achaflanadas, formando plazas octogonales en los cruces de las rectas calles. Y ese Plan, en sí mismo, es también un documento universalmente valorado y reconocido, como un hito en la historia del urbanismo.

¿Cómo llegó la capital catalana a disponer de ese Plan, en el momento en que, derribadas las murallas que la ceñían, necesitaba extenderse por el amplio llano que la rodeaba? Fue en 1854 cuando se produjo ese derribo, de acuerdo con el dictamen de una comisión local y se procedió al encargo de un plano topográfico de todo ese llano exterior, con un primer estudio del posible ensanche, al ingeniero Ildefonso Cerdá, que formaba parte de esa comisión.

Al cabo de un año, Cerdá entregó un excelente levantamiento topográfico, acompañado de un Anteproyecto de Ensanche. Pero como la ciudad era “plaza fuerte”, fue preciso esperar a que el Ministerio de la Guerra cediese su competencia al de Fomento, al que correspondía el tema de los ensanches de ciudades, lo que ocurrió en 1859. Entonces pidió y obtuvo Cerdá, autorización para realizar el proyecto, y como venía trabajando en él desde 1855, lo pudo entregar rápidamente al ministerio, no sin antes informar al Ayuntamiento, del que no tuvo respuesta.

En Madrid, con apoyo de Pascual Madoz, que había sido gobernador civil de Barcelona, Cerdá presentó su Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona, acompañado de una teoría de la construcción de las ciudades, en la cual se basaba, despertando la inmediata admiración de los ingenieros del ministerio y del propio ministro, Marqués de Corvera, por lo que al elogioso informe técnico, siguió pronto la Real Orden de Isabel II, que lo aprobó ese mismo año 1859.

Pero el Ayuntamiento de Barcelona entretanto, se había posicionado en contra, había convocado un concurso para encargar el proyecto al ganador y había enviado a Madrid una comisión, para reclamar su derecho a elaborar el plan a su gusto. Y ese enfrentamiento trascendió rápidamente, adquiriendo una amplísima resonancia pública. El Ayuntamiento siguió adelante con su concurso y premió el trabajo del arquitecto Rovira y Trías, pidiendo la anulación del de Cerdá. Se expuso este públicamente en Barcelona, junto a los presentados al concurso municipal y la batalla adquirió allí caracteres políticos, al contraponerse progresismo (Cerdá) a conservadurismo (Ayuntamiento) y centralismo estatal a autonomía local. La prensa se hizo clamoroso eco, alineada contra Cerdá, que fue objeto de cruel maltrato, quedando muy clara la general preferencia pública, política y también profesional, por el trabajo de Rovira y el rechazo del de Cerdá.

Entonces, el Ministerio de Fomento, desafiando iras locales, corroboró definitiva e inapelablemente su anterior aprobación, mediante un Real Decreto en 1860, que obligaba al desarrollo del ensanche de acuerdo con el Plan Cerdá, encomendándose a su autor la dirección de la ejecución material. El ministerio justificaba su decisión con una razonada y elogiosa valoración del trabajo del ingeniero catalán, considerando que sentaba las bases de una completa y novedosa concepción de la urbanización, con principios de validez universal.

Esta imposición del Gobierno, arrostrando el coste político del malestar catalán, se explica por la altísima valoración que hicieron de la propuesta de Cerdá, quienes comprendieron en Madrid, el acierto, la grandeza y la solidez de la misma, lo que se tradujo en la forma en que fue presentada en varias ocasiones por la prestigiosa Revista de Obras Públicas, como “arsenal inagotable de principios facultativos, jurídicos y administrativos, interesantes por su método, fuerza de raciocinio y novedad”. También en la provisión económica acordada por las Cortes, para la publicación de la primera parte de la genialmente precursora Teoría general de la urbanización de Cerdá, así como en la adquisición por parte del Estado, del plano original del Ensanche, dibujado a mano sobre papel (cortado y entelado luego, como se hacía entonces), para que sirviera de modelo a aplicar a otras ciudades españolas, según escribió el propio Cerdá, razón por la que ese plano se quedó en Madrid, y pasó a ser custodiado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde actualmente se encuentra.

Nadie discute hoy el acierto del Gobierno. El proyecto de Rovira disponía la extensión de la ciudad en forma radial y concéntrica, gravitando íntegramente sobre su núcleo histórico. Lo que el jurado del concurso municipal estimaba miopemente como su gran acierto, señalando que contaba a su favor con “la autoridad de la historia” (porque preveía que el desarrollo siguiera haciéndose como en el pasado) era en realidad su gran debilidad. La comprobada debilidad de los modelos radioconcéntricos que, como el propio Cerdá explicaba lúcidamente, polarizan en un solo punto privilegiado, la accesibilidad, subordinando a él, tanto la movilidad general como la distribución de actividades y las apetencias por ese suelo central.

Frente a ello, y además de los otros muchos ingredientes unánimemente valorados (formales, dimensionales, estructurales e infraestructurales), uno de los aciertos más reconocidos hoy a Cerdá, es haber planteado una cuadrícula extendida tangencialmente a la ciudad existente, para proporcionar una organización homogénea del nuevo espacio urbano a crear, procurando un reparto equilibrado de la accesibilidad, de la movilidad y de la localización. Lo cual, en efecto, ha permitido el desarrollo real de la ciudad sin estrangular su núcleo histórico, en la forma hoy ensalzada. Pero aunque todo ello no se pone hoy en discusión en ningún sitio, la oposición local a Cerdá y su Plan, perduró hasta bien entrado el siglo XX. Un caso más a incluir en “España contra Cataluña”.Este la proporcionó su conocida, atractiva y peculiar configuración, con sus grandes manzanas cuadradas de esquinas achaflanadas, formando plazas octogonales en los cruces de las rectas calles. Y ese Plan, en sí mismo, es también un documento universalmente valorado y reconocido, como un hito en la historia del urbanismo.

¿Cómo llegó la capital catalana a disponer de ese Plan, en el momento en que, derribadas las murallas que la ceñían, necesitaba extenderse por el amplio llano que la rodeaba? Fue en 1854 cuando se produjo ese derribo, de acuerdo con el dictamen de una comisión local y se procedió al encargo de un plano topográfico de todo ese llano exterior, con un primer estudio del posible ensanche, al ingeniero Ildefonso Cerdá, que formaba parte de esa comisión.

Al cabo de un año, Cerdá entregó un excelente levantamiento topográfico, acompañado de un Anteproyecto de Ensanche. Pero como la ciudad era “plaza fuerte”, fue preciso esperar a que el Ministerio de la Guerra cediese su competencia al de Fomento, al que correspondía el tema de los ensanches de ciudades, lo que ocurrió en 1859. Entonces pidió y obtuvo Cerdá, autorización para realizar el proyecto, y como venía trabajando en él desde 1855, lo pudo entregar rápidamente al ministerio, no sin antes informar al Ayuntamiento, del que no tuvo respuesta.

En Madrid, con apoyo de Pascual Madoz, que había sido gobernador civil de Barcelona, Cerdá presentó su Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona, acompañado de una teoría de la construcción de las ciudades, en la cual se basaba, despertando la inmediata admiración de los ingenieros del ministerio y del propio ministro, Marqués de Corvera, por lo que al elogioso informe técnico, siguió pronto la Real Orden de Isabel II, que lo aprobó ese mismo año 1859.

Pero el Ayuntamiento de Barcelona entretanto, se había posicionado en contra, había convocado un concurso para encargar el proyecto al ganador y había enviado a Madrid una comisión, para reclamar su derecho a elaborar el plan a su gusto. Y ese enfrentamiento trascendió rápidamente, adquiriendo una amplísima resonancia pública. El Ayuntamiento siguió adelante con su concurso y premió el trabajo del arquitecto Rovira y Trías, pidiendo la anulación del de Cerdá. Se expuso este públicamente en Barcelona, junto a los presentados al concurso municipal y la batalla adquirió allí caracteres políticos, al contraponerse progresismo (Cerdá) a conservadurismo (Ayuntamiento) y centralismo estatal a autonomía local. La prensa se hizo clamoroso eco, alineada contra Cerdá, que fue objeto de cruel maltrato, quedando muy clara la general preferencia pública, política y también profesional, por el trabajo de Rovira y el rechazo del de Cerdá.

Entonces, el Ministerio de Fomento, desafiando iras locales, corroboró definitiva e inapelablemente su anterior aprobación, mediante un Real Decreto en 1860, que obligaba al desarrollo del ensanche de acuerdo con el Plan Cerdá, encomendándose a su autor la dirección de la ejecución material. El ministerio justificaba su decisión con una razonada y elogiosa valoración del trabajo del ingeniero catalán, considerando que sentaba las bases de una completa y novedosa concepción de la urbanización, con principios de validez universal.

Esta imposición del Gobierno, arrostrando el coste político del malestar catalán, se explica por la altísima valoración que hicieron de la propuesta de Cerdá, quienes comprendieron en Madrid, el acierto, la grandeza y la solidez de la misma, lo que se tradujo en la forma en que fue presentada en varias ocasiones por la prestigiosa Revista de Obras Públicas, como “arsenal inagotable de principios facultativos, jurídicos y administrativos, interesantes por su método, fuerza de raciocinio y novedad”. También en la provisión económica acordada por las Cortes, para la publicación de la primera parte de la genialmente precursora Teoría general de la urbanización de Cerdá, así como en la adquisición por parte del Estado, del plano original del Ensanche, dibujado a mano sobre papel (cortado y entelado luego, como se hacía entonces), para que sirviera de modelo a aplicar a otras ciudades españolas, según escribió el propio Cerdá, razón por la que ese plano se quedó en Madrid, y pasó a ser custodiado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde actualmente se encuentra.

Nadie discute hoy el acierto del Gobierno. El proyecto de Rovira disponía la extensión de la ciudad en forma radial y concéntrica, gravitando íntegramente sobre su núcleo histórico. Lo que el jurado del concurso municipal estimaba miopemente como su gran acierto, señalando que contaba a su favor con “la autoridad de la historia” (porque preveía que el desarrollo siguiera haciéndose como en el pasado) era en realidad su gran debilidad. La comprobada debilidad de los modelos radioconcéntricos que, como el propio Cerdá explicaba lúcidamente, polarizan en un solo punto privilegiado, la accesibilidad, subordinando a él, tanto la movilidad general como la distribución de actividades y las apetencias por ese suelo central.

Frente a ello, y además de los otros muchos ingredientes unánimemente valorados (formales, dimensionales, estructurales e infraestructurales), uno de los aciertos más reconocidos hoy a Cerdá, es haber planteado una cuadrícula extendida tangencialmente a la ciudad existente, para proporcionar una organización homogénea del nuevo espacio urbano a crear, procurando un reparto equilibrado de la accesibilidad, de la movilidad y de la localización. Lo cual, en efecto, ha permitido el desarrollo real de la ciudad sin estrangular su núcleo histórico, en la forma hoy ensalzada. Pero aunque todo ello no se pone hoy en discusión en ningún sitio, la oposición local a Cerdá y su Plan, perduró hasta bien entrado el siglo XX. Un caso más a incluir en “España contra Cataluña”.