El urbanismo egoísta | Patricia Gabancho

El urbanismo egoísta | Patricia Gabancho

«La descripción negativa que se hace de Barcelona en sectores comprometidos es para que la nueva política sea saludada como una epifanía pero crea ciudadanos que se creen los reyes del barrio»

Publicado el lunes 21 de marzo en el diario EL PAÍS

Siempre voy al Consell de Barri porque me siento vinculada a mi entorno. Además, estrenábamos regidora en la persona de Laura Pérez, una mujer dinámica y eficaz. La convocatoria era de tema único: las aceras. Microcosmos del espacio público. Como novedad, se organizó la sala con las sillas dispuestas en círculo para hacer grupos de debate más pequeños, con unas personas que actuarían como dinamizadores y que al final hicieron poco. Es el tipo de función que bien podría recaer sobre los técnicos de la casa, que estaban presentes, escuchando. También nos regalaron una bolsa de tela, innecesaria. Da la sensación que volvemos a una cierta infantilización de la gente, una tendencia de los últimos mandatos socialistas que parecía felizmente superada. La impresión es que este Ayuntamiento gasta demasiado en comunicación, la eterna tentación de los gobiernos débiles.

Dicho esto, la sesión fue muy interesante y el sistema de grupos funciona muy bien. La regidora nos hizo un breve discurso desconcertante. El espacio público, vino a decir, depende del urbanismo hegemónico y hasta ahora, dijo, se lo consideraba un espacio de tránsito hacia el trabajo, pura movilidad. ¿Mande? La concepción del espacio público como ámbito de convivencia y estructurador del barrio nace en las planificaciones de Oriol Bohigas y Pasqual Maragall, se incrementa en épocas de Clos y Hereu y se mantiene durante la alcaldía de Trias. Sorprende que el equipo de Colau venga a descubrir cosas que son fundacionales en Barcelona, porque significa que han estado desatentos a la evolución de la ciudad: que no escuchaban porque estaban ocupados en otras cosas. Y ahora que les toca gestionar, recurren al discurso progresista sin saber que es el discurso que ha modelado la ciudad en los últimos treinta años. Después se lo comenté a la regidora. ¿Ah, sí?, dijo, bueno, a mí me interesa la acera desde una perspectiva de género. ¿De género? ¿La acera? De hecho, lo que quería decir era mucho mejor: una acera -una convivencia- útil a las diferentes etapas de vida, al margen del género.

La primera intervención popular fue un poema: cada vez que salimos de casa nos sentimos agredidos, dijo muy serio un vecino, por otro lado, excelente persona, que lo conozco de encontrarnos en el barrio. El espacio público no es, ni puede ser, el salón de casa, no tiene el mismo grado de confort. Y por eso, porque la incomodidad mínima es intrínseca, porque hay otros usos y otras gentes, por eso no se puede calificar a la ligera. Y aquí es donde el discurso que se está abriendo paso -es el sustento de la nueva política municipal- hace daño, porque precisamente peca de desmemoria y desconocimiento. La ciudad es un artefacto que evoluciona de a poco, como la deriva de un barco enorme y pesado, y está bien que el norte sea una humanización de las prestaciones urbanas, cosa que incluye el entorno y los servicios, la convivencia en definitiva, la manera de vivir que la ciudad nos permite. Hacer la ciudad más humana debería ser el punto uno de cualquier programa municipal y, en Barcelona, lo ha sido desde la democracia.

Leía hace poco la descripción negativa de Barcelona en la pluma de un arquitecto comprometido, David Bravo, un artículo lleno de tópicos que no coinciden con la realidad pero que crean un imaginario de ciudad despiadada, de ciudad comida por el coche y la especulación y la soledad. ¡Este hombre sostenía que fue un error construir las Rondas cuando las inversiones olímpicas, que eso era someterse a la lógica del coche! Después, claro, los vecinos de Les Corts dicen que no quieren el macro-parking del recinto del Barça: si vinieran de Mollerussa, aplaudirían.

Esta descripción negativa prepara muy bien el terreno para que la nueva política sea saludada como una epifanía, pero crea ciudadanos egoístas que no soportan en su acera ni un perro, ni un ruido, ni una mota de polvo, nada, porque son ellos los reyes del barrio, el centro del universo municipal, del urbanismo de las personas. El espacio público es conflicto de baja intensidad entre intereses contrapuestos: es compartir espacio, entrelazar prácticas. Eso es lo que se estaba inoculando en Barcelona con una pedagogía suave, con un discurso en positivo, de ciudad que se va haciendo humana desde y para sus aceras. Las que, todos juntos, comentamos en el Consell de Barri. Para mejorarlas.