El IBAVI recibe el Premio Obel por su propuesta de una arquitectura social y
ecológicamente transformadora
Publicado en El País el 1 de septiembre de 2026
La arquitectura transformadora contiene, con frecuencia, elementos reconocibles: tradición puesta
al día, materiales repensados, correcciones formales, desplazamientos teóricos. No siempre es
formalmente extraña, pero siempre mira más allá de la propia disciplina. La capacidad creativa de
sus autores implica a actores fuera de un estudio de diseño: artesanos, oficios industriales,
políticos, empresarios… y el usuario.
No es que la gente tome decisiones sobre cómo serán los edificios, es que estos están pensados
para el bien común, para la convivencia. Por eso tienen en cuenta en qué consiste vivir en paz [htt
ps://elpais.com/america-futura/2024-06-07/el-cambio-climatico-transforma-la-arquitectura-el-disen
o-debe-considerar-todas-las-cosas-vivas.html].
Ese tipo de vida, y de paisaje, es lo que busca reconocer el premio danés Obel que, desde 2019,
destaca trabajos -no necesariamente edificios- que mejoran el bien común desde el punto de vista
arquitectónico, social, ecológico y constructivo. Así, de la misma manera que en ediciones
anteriores se premió la idea sencilla, pero transformadora, del antropólogo colombiano asentado
en Francia Carlos Moreno: La ciudad de los quince minutos (esto es: la recuperación de la vida
de barrio para lograr ciudades más sostenibles [https://elpais.com/planeta-futuro/seres-urbanos/20
22-12-20/crear-ciudades-de-15-minutos-a-fuego-lento.html]), el año pasado se reconoció a la
organización sin ánimo de lucro House Europe ! que, liderada por el profesor Arno Brandlhuber,
defiende el derecho a la reutilización de los edificios.
En ese marco, de ampliar la definición de la arquitectura y dar reconocimiento a su capacidad
socialmente transformadora y ecológicamente responsable, el premio ha recaído este año en la
empresa pública que gestiona la construcción de viviendas sociales en las Islas Baleares.
Desde hace cuatro años, la economista Cris Ballester y el antiguo director del departamento
técnico del IBAVI, el arquitecto Carles Oliver, abordan la vivienda no sólo como la construcción de
casas sino, sobre todo, como un asunto que implica a quien diseña, habita, carece de hábitat
[https://elpais.com/noticias/vivienda/], produce materiales, defiende la construcción sostenible y
circular y demuestra cómo una institución pública puede a la vez cuidar a las personas, el territorio
los presupuestos y una disciplina.
No se trata sólo de proveer un techo digno, se trata de ofrecer viviendas de alquiler cuidadas. En
ese cuidado se incluye el diseño, la manufactura o la fábrica de los materiales locales, el ahorro
energético y la experimentación.
El jurado, presidido por la arquitecta holandesa Nathalie de Vries del estudio MVRDV, ha señalado
la audacia de transformar un sistema desde su interior. Es decir: contando con las herramientas de
la administración pública tanto como con el ingenio de los arquitectos y el buen hacer de los
proveedores locales de materiales.
El premio Obel no reconoce ni los logros de una carrera profesional completa ni una obra
arquitectónica específica. Busca premiar lo que hace posible la mejor arquitectura. En esta
edición, por encima de valorar un material, un idioma o una técnica, ha premiado un sistema que
conecta aprendizaje, energía, servicio público, atención social y reto económico.
Así, ha destacado como el sistema del Instituto Balear de la Vivienda, IBAVI
[https://elpais.com/ccaa/2018/06/07/catalunya/1528404802_996210.html], ideado por Oliver y
Ballester, se basa en el kilómetro cero: pasar de cadenas de producción globales a productos
locales. Y ha desarrollado un mapa de recursos autóctonos como herramienta de conocimiento,
capacidad y resolución, que combina desde materiales a mano de obra reduciendo el impacto
medioambiental y fortaleciendo las pequeñas industrias y destrezas locales.
La segunda clave del premio reside en una administración que no perpetúa una normativa sino
que la actualiza atendiendo a la capacidad de innovación de la arquitectura para responder a los
cambios en la sociedad. La tercera aborda el cambio climático por encima de otras prioridades. En
esa línea importan tanto las respuestas legendarias: la orientación, la inercia térmica, la ventilación
cruzada la protección solar, los umbrales… como la innovación: Reducir el consumo energético
refuerza las viviendas, las aleja de la pobreza [https://elpais.com/expres/2026-08-25/calor-guerras
y-otras-causas-por-las-que-tu-factura-de-luz-se-ha-disparado-este-verano.html].
Una cuarta clave tiene que ver con los barrios: Transformar una barriada-dormitorio en un
vecindario democrático, flexible, no jerarquizado, y cambiante. Pero el criterio más importante es el
que lleva de construir edificios solitarios, vale decir únicos, a producir un sistema constructivo.
Aprender de los otros, en lugar de competir con ellos. El servicio público es acumular ese
conocimiento y extenderlo, expandirlo, compartirlo. Exigirlo. Esa idea ha ganado el premio Obel de
2026.
El inversor danés Henrik Frode Obel (1942-2014) donó toda su fortuna para ampliar el impacto de
la arquitectura. Y también su reconocimiento a otras disciplinas que la arraigan, hacen posible y
cuidan. El IBAVI ha renunciado al galardón y al premio en favor de sus dos principales creadores.
Cris Ballester y Carles Oliver.
También estos han decidido dedicar parte de los 100.000 euros del premio a compartir el impacto
del modelo de vivienda social balear.
Oliver, en concreto, dedicará toda su parte a iniciativas para construir viviendas de emergencia en
las Islas Baleares.








