El creador del Eixample, que trabajó para todos los barceloneses, murió hace 150 años
Publicado en La Vanguardia el 20 de agosto de 2026
Cada año, el Govern de la Generalitat publica una lista de efemérides dignas de conmemoración, al cumplirse un número de años redondo desde que ocurrieron ciertos hechos o nacieron o fallecieron determinadas personas. En la lista de este año hay una veintena de entradas, entre las que destacan los cien años de la muerte de Antoni Gaudí, los cien del nacimiento de la pedagoga Marta Mata o del editor Josep Maria Castellet, los 150 del nacimiento del músico Pau Casals o los 150 de la muerte del ingeniero Ildefons Cerdà.
Los recursos públicos que dotan estas conmemoraciones son limitados, razón por la que unas resultan más lucidas que otras. Casi todos los muertos suelen ser tipos excelentes en los obituarios que les dedica la prensa tras su fallecimiento. Pero el paso del tiempo erosiona la memoria colectiva, e incluso figuras despedidas en caliente con laureles e hipérboles caen luego en el frío olvido.
Hay excepciones, claro, y acaso tengan algo que ver con el poder de los clientes de los homenajeados. Gaudí, que trabajó para el empresario Eusebio Güell y dedicó enorme esfuerzo a la basílica de la Sagrada Família, defiende su memoria con creciente facilidad, pese a que le atropelló un tranvía hace ya un siglo. De hecho, la bendición de la torre de Jesús contó el pasado junio con la presencia del papa León XIV y fue vista en televisión por millones de personas.
Sin ánimo de entrar en comparaciones o rivalidades, cabe recordar que, en el ámbito de la construcción de la ciudad, Ildefons Cerdà (1815-1876), creador del Eixample de Barcelona, es una figura tanto o más relevante que Gaudí. Su conmemoración, sin embargo, está siendo menos mediática que la del autor de la Pedrera. Aunque es uno de los protagonistas de la muestra La construcción de la metrópolis , en las Drassanes hasta el 6 de septiembre. Y será el protagonista absoluto de Univers Cerdà. Més enllà de l’Eixample, que podrá verse en otoño en Centelles (villa natal del homenajeado), luego en Madrid y ya en 2027 en la Diputació de Barcelona. En la muestra se abundará en el perfil polifacético de Cerdà, ingeniero, urbanista, político liberal, presidente de la Diputació…
Pese a nacer en una familia acomodada, la vida de Cerdà estuvo marcada por dificultades y rupturas. Ingresó en el seminario de Vic por decisión paterna, pero lo abandonó y se instaló en Barcelona para estudiar arquitectura, matemáticas, náutica y dibujo, y después en Madrid, donde se tituló como ingeniero de caminos, canales y puertos. Se casó con la hija de un banquero, pero acabó separándose. Su excelente proyecto de reforma y ensanche de Barcelona fue aquí mal recibido, puesto que lo impuso el Ministerio de Fomento, por encima de un concurso municipal.
Cerdà murió semiarruinado –las instituciones eran rácanas– en el balneario de Las Caldas de Besaya. Precisamente mañana se cumplen 150 años de su deceso. Sus restos permanecieron en la localidad cántabra de Barros casi un siglo, sin ser reclamados, hasta que en el 1970 se trasladaron al cementerio de Montjuïc, donde reposan bajo una lápida inspirada en el Eixample.
No fue –no es– poca cosa el Eixample. Permitió superar la insalubridad de la vieja Barcelona hacinada, ordenar sus edificios y la circulación, favorecer el soleamiento y la ventilación de las viviendas y guiar con su urbanismo los ensanches de Madrid, Valencia, Bilbao, Palma, etcétera. Además, pasados casi dos siglos desde que fue ideado, y pese a algunas mutilaciones, sigue funcionando bien.
Como se apuntaba más arriba, Gaudí atendió los encargos y caprichos del conde de Güell. También los de la Iglesia, que ahora planea canonizarlo. Fueron dos clientes de gran peso social. Pero en el Eixample Cerdà trabajó para todos los ciudadanos, fuera cual fuera su riqueza o su fe. Eso le hace merecedor de eterno agradecimiento, tanto particular como colectivo. No seamos cicateros como lo fueron las instituciones: sin necesidad de pagarle por su obra, recordémosle con la gratitud debida por habernos hecho la vida mejor con su ordenación de la ciudad.









